⁠¡Descansa!

Era un viernes, después de salir del trabajo, me encontré con unos amigos queridos en un restaurante. En esa época vivía en São Paulo, la ciudad brasileña con más ofertas laborales, donde se suele decir que la gente vive para trabajar. Un amigo llegó atrasado porque tuvo una reunión de última hora en su oficina; otro, porque quedó atrapado en el tránsito; y una amiga tuvo que salir un par de veces para contestar llamadas de su trabajo (fuera de su jornada laboral). Muy pronto, nuestra conversación se convirtió en una competencia para ver quién estaba más cansado. Hablábamos con orgullo de las pocas horas de sueño y, además del trabajo y los estudios, de las muchas actividades que nos esperaban el fin de semana en nuestras respectivas iglesias.

Yo estaba viviendo completamente inmersa en una cultura enferma obsesionada con la productividad. El resultado de eso me persigue hasta el día de hoy: diez años después, a veces aún me siento culpable en mis momentos libres, como si tuviera que estar produciendo todo el tiempo.

Ese problema se ha vuelto cada vez más común. Aunque mi experiencia pueda parecer un poco extrema y marcada por la vida en una metrópoli, veo que existe un problema transversal a nuestra cultura, presente en cualquier ciudad. Por ejemplo, en 2024 se realizó un estudio que reveló cifras alarmantes: el 89% de los trabajadores chilenos se sienten “quemados” por el estrés laboral, lo que en
psicología llamamos burnout.

¿Qué nos está pasando? ¿Por qué muchas veces, incluso después de una noche de sueño, seguimos cansados?

En mi experiencia como psicóloga, he recibido pacientes que llegan sintiéndose deprimidos o con crisis de ansiedad, desde estudiantes universitarios, profesionales, hasta mamás que se dedican exclusivamente a la crianza de sus hijos. Al indagar sobre su rutina y tiempo de sueño, percibo que, en muchos casos, simplemente están cansados.

Como la mayoría de las personas que atiendo son cristianas, también les pregunto sobre cómo viven sus domingos, y normalmente observo dos tipos de respuestas: un grupo que vive el domingo lleno de actividades (ensayos, cultos, evangelismo), y otro grupo más relajado, que se organiza para asistir al culto por la mañana y dedica el resto del día a no hacer nada relevante: dormir y ver películas.
En ambos casos, despiertan el lunes por la mañana sin la energía necesaria para iniciar la semana.

La verdad es que la manera en que lidiamos con el trabajo y el descanso está directamente conectada con nuestra teología: habla de cómo vemos a Dios, a nosotros mismos y nuestras circunstancias.

El propósito del descanso
Dios, en su sabiduría, instituyó el descanso desde el principio. Al crear el mundo, descansó el séptimo día, no por necesidad, sino para marcar un ritmo para su creación.
Más tarde, reforzó esta enseñanza al instituir el cuarto mandamiento: “Acuérdate del día de reposo, para santificarlo” (Éxodo 20:8). El pueblo de Israel había sido esclavo por más de 400 años. Su cultura era trabajar sin descanso, 24/7, bajo la tiranía de un faraón opresor que no aliviaba sus cargas. Cuando Dios los libera de la esclavitud, también comienza a deconstruir esa identidad que habían forjado durante todo ese tiempo, como si les dijera: “No son máquinas, ya no son esclavos; ahora son libres. ¡Descansen! ¡Paren, deténganse! ¡Yo soy su Dios, yo los cuidaré!”

Los israelitas necesitaban un mandamiento que les recordara el día de reposo para poder descansar y para recordar su nueva identidad.

Pero no solo los israelitas necesitan este recordatorio: nosotros, que vivimos bajo la tiranía de la productividad, también necesitamos escuchar hoy la misma invitación.
Recordar el propósito del descanso en las Escrituras nos ayuda a entender que fuimos creados tanto para el trabajo como para el descanso. La idea es que Dios determinó un día para Él, en el que no trabajamos para nosotros, ni para nuestro sustento, ni para nuestros intereses, ni por dinero; descansamos en Dios.

En un mundo obsesionado con el rendimiento, descansar es una forma de proclamar que nuestra identidad no está definida por lo que hacemos. Quiero destacar aquí dos tiempos de descanso necesarios: el descanso diario y el de apartar un día a la semana.

Descansar de esa manera no es un lujo, ni egoísmo, ni significa dejar de entregarse en servicio al prójimo. Me gusta cómo el autor Christopher Ash, en su libro “Pasión sin agotamiento”, habla sobre la diferencia entre sacrificio piadoso y burnout innecesario. Sobre el texto de Romanos 12, donde el apóstol Pablo nos llama a ser sacrificios vivos, dice:

“Debemos ser sacrificios vivos hasta que Dios nos lleve a casa para estar con Jesús; pero debemos ofrecernos como aquellos que tienen vida para dar, y no como despojos quemados.”

Necesitamos entender la necesidad de parar y descansar para poder seguir sirviendo a nuestro prójimo con disposición, pero también porque descansar en sí tiene valor, es un acto de adoración, de fe y de humildad. Es una forma de recordar nuestra identidad como criaturas y no como dioses: limitados y necesitados de gracia.

Descansar muchas veces es visto como un “no hacer nada”. Pero pensar así es poner el “hacer” en el centro, como si el descanso nos quitara algo productivo.
No se trata de pereza (que es pecado), sino de aprender a tomar tiempos de pausa para descansar de manera real y eficiente.

El cuerpo puede estar quieto, pero la mente, el corazón y el alma siguen cargando más peso del que pueden sostener. Por eso debemos ser intencionales en la manera en que descansamos.

De la misma forma, el día de reposo (domingo) no debe ser visto como un día de inactividad y restricción, ni de mucho activismo ininterrumpido. No deberíamos enfocarnos en todo lo que “dejamos de hacer” ni tampoco en todo lo que “tenemos que hacer”, sino en todo lo que podemos disfrutar del Señor en este día de adoración.
Descansar es reconocer que nosotros, humanos somos criaturas finitas que se cansan y necesitan recuperación, porque así fuimos diseñados. Así es la estructura creacional. Ahora, ese descanso no es sólo para nuestra recuperación física, muy importante, también es para aliviar nuestro corazón, para corregir esa incredulidad hacia el sustento de Dios, para resistir esa idea de que nosotros mismos somos nuestros propios sustentadores, y que si paramos no hay quien cuide de nosotros, que si no estamos súper ocupados o si no producimos no tenemos valor, ni realización ¿Te has sentido así?

¿Cómo debemos descansar?
Ahora que ya hemos aclarado el fundamento teológico por el cual debemos descansar, quiero dejarles algunas sugerencias prácticas basadas en los 7 tipos de descanso que el ser humano necesita, según Saundra Dalton-Smith, médica estadounidense especializada en la prevención del burnout:

  1. Físico (dormir, relajación, pausas corporales).
  2. Mental (dar un respiro a la mente del exceso de pensamientos).
  3. Espiritual (conexión con Dios, oración, adoración).
  4. Emocional (ser auténtico, expresar lo que sentimos sin máscaras).
  5. Sensorial (pausas de pantallas, ruido, luces intensas).
  6. Social (relacionarse con personas que nutren en lugar de drenar).
  7. Creativo (tiempo de inspiración, contemplar la belleza, arte, naturaleza).

Muchas veces solemos buscar descanso solo en el entretenimiento o en dormir, pero eso no cubre todas las áreas, y por eso seguimos cansados.

¿Cómo crees que puedes experimentar cada tipo de descanso en tu vida hoy?

Mi sugerencia para ti es que tu descanso complemente y contraste tu trabajo para que sea realmente reparador. Por ejemplo, en mi caso como psicóloga, mi labor consiste principalmente en estar sentada frente a una pantalla y dedicarme a la escucha activa. Es un trabajo mental y de mucha concentración. Si en mi tiempo libre decido sentarme en el sofá a ver una película entretenida, estaré descansando
mi mente, pero no mi cuerpo, ya que he pasado todo el día en la misma posición, mirando una pantalla. En ese sentido, mi descanso necesita ser más activo: salir a caminar, hacer algún ejercicio físico o realizar actividades manuales que no requieran demasiado esfuerzo mental. Siguiendo esta línea, si tu trabajo es estar todo el día parado, tu descanso debe ser sentado o acostado, si es estar en
contacto con muchas personas distintas, descansarás con tiempos de solitud o en compañía de personas de confianza.

Descansar mejora la calidad de vida y repone energías, y no es necesario ser cristiano para experimentarlo y disfrutar de sus beneficios. Sin embargo, el descanso bíblico encierra algo más profundo: es un descanso reflexivo.

Pausar puede generar ansiedad, porque siempre hay cosas por hacer, pero justamente por eso es necesario: para desafiar la creencia de que somos los únicos y exclusivos responsables de nuestra vida.

Cada momento de reposo nos recuerda que no somos autónomos, que no somos dueños de nadie, ni siquiera de nosotros mismos. Pertenecemos a alguien más. Y ese dueño es bueno, generoso y justo, en eso descansa nuestra verdadera esperanza. Y podemos hacerlo mientras hacemos un paseo en familia, leemos un libro, dormimos, bailamos, cocinamos algo rico, etc.

Necesitamos descansar para recordar que el Creador de todo cuanto existe es nuestro Padre celestial, que nos cuida, y que su amor no depende de nuestro desempeño ni de nuestra productividad, sino que fluye de su bondad.

Reposamos para descansar en la gracia de Dios, para adorar a nuestro Señor y para exponer nuestros corazones a su Palabra.

En cada momento de descanso y en cada día de reposo, Dios nos enseña a redireccionar nuestra identidad. Parar es necesario: tenemos límites, no somos Dios, necesitamos recuperación. El descanso apunta a esa verdad: somos criaturas, no el Creador. Y recordar esto es profundamente liberador, pues nos permite vivir y disfrutar la vida que Él ha preparado para nosotros.

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