Si hago el ejercicio de pensar un poco en mi vida, fácilmente podré reconocer esta verdad: amo el calor.
Mis memorias más felices están empapadas de agua. Ya sea en la pequeña piscina que teníamos o jugando con la manguera y el balde en los días en que mi mamá se ponía a lavar el garaje.
La casa donde crecí tenía ventanas enormes y, en esa época, no teníamos cortinas blackout, así que la luz siempre entraba. Bueno, estoy hablando de Brasil, donde el sol aparece ya a las seis de la mañana, o incluso un poco antes.
De todos los espacios de la casa, amaba estar cerca de la cocina, donde la puerta que daba al patio permanecía siempre abierta y por ella entraba el sol del mediodía, iluminando y calentando el piso.
Mi papá tenía un ritual sagrado. Después del almuerzo tomaba una siesta de quince minutos, y era allí donde se acostaba: en el piso, bañado por los rayos del sol. Yo me acostaba a su lado. Cerraba los ojos, pero no dormía como él. Simplemente descansaba sintiendo el calor.
Eso casi nunca cambiaba, porque casi nunca faltaba el sol al mediodía. Incluso en invierno, con mañanas heladas de casi cero grados, al mediodía allí estaba él: brillante, intenso. Era un juego quedarse allí hasta sentir que el calor comenzaba a quemar y se volvía insoportable.
Nunca había conocido una realidad sin el sol del mediodía, sin el cielo azul, sin la luz entrando por las ventanas.
Cuando vine a vivir a Chile, hace diez años, tuve que acostumbrarme y aceptar que aquí el sol no brillaba con la misma intensidad ni aparecía con la misma frecuencia. Que los inviernos eran más largos. Que el cielo podía ser gris muchas más veces que azul.
—Me acostumbraré—, pensaba yo, confiando en el llamado y en el propósito de estar en este país.
Pero fueron pasando los años y una mudanza al sur del país me dejó al descubierto una verdad que me dolía más de lo que quería aceptar: este no es mi país.
Cada mañana en que el sol no sale antes de las seis, cada día en que la luz no entra por la ventana, cada mediodía sin un sol intenso, cada invierno sin un cielo azul, son recordatorios de que estoy fuera de mi país.
Y no es que pase pensando en eso todo el tiempo o llevando una cuenta interminable, sumando el idioma que nunca termino de aprender, la manera de hacer las cosas, de decirlas y de callarlas. Lo que se come y lo que no se come. Cuándo se come y a qué hora se come. La ropa que se usa, la que no se usa, la que no se puede usar porque hace frío y llueve.
Nunca antes había tenido que pensar en todo eso.
Fue en la ausencia donde descubrí cuánto necesitaba esas pequeñas cosas.
Entender todo lo que me falta me ayuda a comprender por qué, en la mayoría de los días, me siento tan cansada. Hay un esfuerzo mental, emocional e incluso físico para sentirme presente.
Todavía tropiezo con las palabras. Aún no entiendo algunos chistes. Casi nunca conozco las canciones, los juegos o las leyendas.
Todo me recuerda que estoy fuera de lugar.
Y estar fuera de lugar cansa. Duele.
Es como si caminara todo el tiempo con una mochila sobre los hombros, sin poder dejarla en el suelo. No porque no quiera, sino porque todo, constantemente, me recuerda que estoy fuera de lugar.
Pero mi vida aquí no está hecha solo de ausencias. También he recibido mucho, y tengo que reconocerlo.
He aprendido cosas, descubierto otras y recibido regalos de esos que no se pueden comprar. Relaciones, historias, memorias… Y, al final de cuentas, de alguna manera este lugar también se ha vuelto familiar.
No quiero ser injusta y mirar solamente lo que perdí.
Pero también necesito entender que, aunque he recibido todo lo que recibí en estos diez años, las ausencias siguen allí.
No se trata de sustituir. No se trata de rellenar un vacío. Se trata de ampliar.
Las ausencias permanecen, y duelen.
Pero también llegaron regalos que ensancharon mi vida
Una cosa no sustituye a la otra, ni debería hacerlo.
Quizás nunca dejaré de necesitar el sol, de anhelar por su calor al medio dia. Pero quizás lo que realmente extraño no es solo el clima, sino la sensación de haberme sentido, alguna vez, completamente en casa.
(Continua…)
